Cooperativismo | Los (bienes) comunes

Joan Subirats: En el ámbito económico, una de las cosas que me sorprende bastante y de la que deberíamos hablar, antes de entrar en el ámbito de lo digital, es el movimiento cooperativista. Un sector que tiende, al menos en Cataluña, a ver con un cierto escepticismo el debate sobre lo común. Es curioso, porque teóricamente el cooperativismo debería estar en sintonía con todo lo que representa el procomún. Es cierto que también la tradición de la izquierda sindical ha visto con mucha prevención el cooperativismo, porque de alguna manera, en las cooperativas no hay patrón, y si no hay patrón la relación sindical no se puede establecer con claridad. Desde la izquierda público-estatista, por denominarla de alguna manera, se ha visto lo cooperativo como algo siempre periférico, marginal, que nunca va a poner en cuestión el funcionamiento del sistema, y que, por lo tanto, sirve para entretenerse, cuando lo importante es cambiar radicalmente el sistema económico. Entonces, me pregunto si ves dimensión estratégica al cooperativismo económico. Porque también podríamos considerar que es como un mercado aparte que va tirando pero quenunca será capaz de sustituir al sistema en su conjunto

César Rendueles: La verdad es que, en general, resulta sorprendente esa invisibilización del cooperativismo en nuestro país, a pesar de que al menos en algunas zonas tiene una gran importancia. Recuerdo que la primera vez que oí hablar de la cooperativa Mondragón fue en los libros de Erik Olin Wright. Es increíble que un referente mundial en el ámbito del cooperativismo pase desapercibido en nuestro propio país. Aquí sólo se ha hablado del modelo Mondragón para hacer acusaciones absurdas y repugnantes de connivencia con el terrorismo

Estoy de acuerdo en el cooperativismo es el ejemplo que debiera guiar la política de los comunes. Es un caso claro de un proceso de institucionalización concreto en un ámbito, el laboral, que tiende a generar compromisos profundos, proque tiene que ver con los medios de subsistencia, donde las obligaciones están claras y los derechos también. La apuesta por el cooperativismo es, además, una buena estrategia para llevar las dinámicas contemporáneas del cambio social al interior de los centros de trabajo, que es la barrera más importante con la que nos estamos enfrentando. En ese sentido, el cooperativismo sería casi un paradigma para otras experiencias relacionadas con lo común

El riesgo de estas iniciativas, que tampoco hay que olvidar, es el de caer en cierta despolitización elitista. El escepticismo sindical hacia las cooperativas que señalabas me parece absurdo. Pero sí creo que hay que tener presente, una vez más, que la mayor parte de los teleoperadores, dependientes, mozos de almacén o camareros no están en condiciones ni económicas, ni sociales de crear cooperativas. Me parece bien tomar las cooperativas como uno de los modelos institucionales exitosos de las políticas de lo común pero sin olvidar la necesidad de conectarlas con dispositivos de lucha laboral universalistas, que es a lo que aspiraba el sindicalismo clásico.

J.S.: No sé si sabes que el barrio de Barcelona donde más se insiste y se trabaja en la perspectiva cooperativa es Sants. Y no creo que pueda separarse esa realidad del hecho de que la gente que lo está defendiendo parte de una mirada más anarcosindicalista, más de tradición anarquista y no desde la tradición de la izquierda más estatalista.

C.S.: La verdad es que cada vez me interesan más las propuestas del socialismo gremial, de autores como G. D. H. Cole -quién, por cierto, influyó mucho a Polanyu- que trataron de buscar una mediación entre el anarcosindicalismo y la intervención pública estatal. En el modelo de Cole desempeña un papel muy importante una forma de cooperativismo abierto como vía de democratización de la economía. En efecto, creo que las políticas de los comunes tienen que inspirarse en ese bagaje político igualitarista que permite conectar lo mejor de las políticas de izquierdas tradicionales con las nuevas formas de intervención política que están apareciendo.

J.S.: (…) Trabaja conmigo un estudiante de doctorado que está haciendo la tesis doctoral sobre cooperativismo de vivienda, comparando Dinamarca y Uruguay. En concreto, los casos de Copenhague y Montevideo. Y resulta que ahora acaba de regresar de Copenhague y me dice que el gran volumen de vivienda pública colectiva que sigue existiendo en Copenhague proviene de las cooperativas, ya que el parque que existía fue privatizado cuando llegó al gobierno de la ciudad una formación política de derechas. Con lo cual, ahora, gracias precisamente a no ser de propiedad público-estatal, sigue existiendo un capital cooperativo de viviendas que si no hubiera sido enajenado. Es curioso cómo la defensa de la vivienda pública, en la que ahora se alojan muchos inmigrantes, se ha situado en las cooperativas. Sin embargo, también es cierto que a veces la comunidades pueden llegar a ser excluyentes, y como muestra en este sentido me contaba que se ha producido un cierto proceso de resistencia en ciertas cooperativas de Copenhague por no querer integrar inmigrantes en sus comunidades.

C.R.: Es algo que también ocurre con las cooperativas educativas creadas tanto por padres y madres como por profesores. A menudo se plantean como una alternativa a las limitaciones de la escuela pública. Acuden a ellas familias que buscan pedagogías alternativas, una comunidad educativa más participativa y menos burocratizada, relaciones menos autoritarias con el centro educativo e incluso dinámicas más inclusivas con algunos estudiantes con dificultades. Todo eso es verdad. Pero también lo es que la realidad de las cooperativas educativas laicas es la de una profundísima segregación social, donde la mayor parte de familias son españolas, de clase media-alta y con estudios. Muchas veces estas iniciativas bien intencionadas se acaban convirtiendo en colegios de élite, donde el número de estudiantes hijos de inmigrantes o de clase trabajadora es prácticamente nulo o testimonial. Y encima con la buena conciencia de que es una práctica colaborativa y progresista.

A esto me refería antes cuando aludía al riesgo de elitización del cooperativismo. Es un peligro que existe pero que, insisto, no creo que deba llevarnos a renunciar a estas iniciativas. Sencillamente, tenemos que conseguir que estén atravesadas por valores igualitaristas. Es una de las mejores opciones que tenemos, sobre todo en el ámbito productivo, tras la derrota global del sindicalismo.

J.S.: Y además acaban siendo más resilientes. No dependen tanto de si gobiernan partidos de derechas o de izquierdas, opciones más propicias a privatizar o a expandir el campo de lo público. Son de dominio público porque son de propiedad colectiva, no estatal.

Fuente: Los (bienes) comunes. 
César Rendueles y Joan Subirats. 
2016, Icaria editorial.

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