De lo público y lo privado: breve crónica de un falso antagonismo

¿Servicio público es únicamente aquel que provee el Estado? ¿Los proyectos comunitarios son simplemente iniciativas privadas? El autor aborda las contradicciones de las izquierdas transformadoras ante la defensa de los derechos sociales.

Son las seis de la tarde. Sólo falta una hora para el comienzo de la asamblea que reúne a las socias de la cooperativa. Clara viste, con calma pero sin dilaciones, a sus dos hijas y las invita a pasear todas juntas hasta el ateneo cooperativo. Allá, las pequeñas permanecerán un buen rato con otras niñas y niños que forman parte del proyecto de crianza compartida y acompañamiento familiar del barrio. Normalmente no funciona por las tardes, pero hoy unos cuántos padres y madres –muchos de ellos miembros también de un proyecto de soberanía energética- se han puesto de acuerdo para que uno de ellos permanezca con las pequeñas mientras dura la asamblea.

El Ateneo forma parte de un edificio abandonado que fue ocupado hace diez años y que cuenta, además, con un proyecto de viviendas comunitarias, un taller de oficios, una biblioteca autogestionada y un par de espacios polivalentes para realizar actos culturales y para uso cotidiano de asociaciones y entidades de la zona. Incluso hay un Banco de Tiempo en un pequeño rincón. El Ateneo vertebra la vida del barrio de arriba a abajo y es un espacio de encuentro de referencia para vecinas de diferentes generaciones.

No hay equipamientos de titularidad municipal por los alrededores, pero esto tampoco parece una prioridad por sus habitantes. A menudo, incluso, se han planteado explorar modelos de autogestión sanitaria basados en el paradigma de la democracia directa y la toma de decisiones compartidas entre vecinas y profesionales de la sanidad descontentas con la hipercentralización, burocratización y tecnificación del actual sistema…

Existen realidades comunitarias, cooperativas y autogestionarias que hacen posibles pequeñas experiencias que se mueven en las grietas de la mercantilización, la atomización y el individualismo dominantes bajo el capitalismo

Este microrrelato –ficticio y real al tiempo- pone de manifiesto la existencia de una serie de realidades comunitarias, cooperativas y autogestionarias que hacen posibles experiencias –pequeñas, es cierto- que se mueven en medio de las grietas de la mercantilización, la atomización y el individualismo dominantes bajo el capitalismo.

Obviamente, quizás sólo constituyen pequeñas islas de solidaridad en un océano de mercantilización extrema y competencia empresarial feroz. Pero, en todo caso – y ese es el objetivo de este artículo- no podemos sino reconocer que todas las iniciativas mencionadas surgen de la libre iniciativa de individuos que se reconocen mutuamente en una serie de necesidades compartidas y se determinan a hacerlas frente de forma colectiva, autogestionada y solidaria. Son, sin duda, iniciativas privadas. Privado versus público. Pongámonos.

Cuando garantizar un derecho depende exclusivamente de una determinada partida presupuestaria de la administración (local o supralocal en sus diferentes formas) decimos que la entidad, organismo, sociedad o ente que se ocupa de hacer prestar el servicio –que el mencionado derecho siempre trae asociado- a los individuos, forma parte del sector público. Público es, hoy y al imaginario político y social dominante, un sinónimo perfecto de Estado. Así la educación y la sanidad publicas son estatales y sus trabajadores son funcionarios o asimilados.

Antes, no obstante, de entrar a considerar en profundidad uno de los dos ámbitos mencionados, hay que poner de manifiesto un error de origen. Esta dicotomía público / privado se fundamenta en un reduccionismo, en parte interesado, y a menudo se asocia con dos posiciones políticas que presentan –igualmente de forma falsa- como antagónicas: el neoliberalismo y la socialdemocracia clásica sweden style (e incluso algunas todavía utilizan el término socialismo para referirse a esta última). Además, la mencionada oposición refuerza la idea que el Estado y el capital existen como dos realidades independientes y con intereses contradictorios cuando esto se ha demostrado históricamente falso: el capitalismo ha recurrido masivamente al Estado siempre que lo ha necesitado para garantizar su supervivencia y este nunca le ha fallado.

La dicotomía público/privado refuerza la idea de que el Estado y el capital tienen intereses contradictorios, a pesar de que se ha demostrado históricamente falso

De forma totalmente opuesta, y en absoluto contraste, todas las experiencias que, en el marco de los mismos sectores de actividad que mencionábamos antes, se ocupan de la prestación de servicios como la sanidad, la educación o la cultura, y  que son impulsadas y financiadas por agentes diferentes de las administraciones públicas –y sin ninguna relación con las mismas-, las definimos como iniciativas privadas. Cómo, por ejemplo, lo es cualquier experiencia autogestionaria.

Permitidme,  a continuación, proponer diferentes parejas de contrarios, el objetivo de las cuales es insertarse en el mencionado planteamiento dicotómico para cuestionarlo en su totalidad, añadir un buen puñado de matices y evidenciar algunas paradojas.

“Una parte nada despreciable de quien se reconoce cercana a la cultura política libertaria defiende sin matices la escuela pública” / Victor Sierre

Autonomía vs Heteronomia. La burocracia estatal no sólo son ventanillas y formularios (hoy on-line), sino que trae asociada un sistema particular de racionalidad que busca la socialización de los individuos en la asunción acrítica de la dominación estatal y, a la vez, necesita de un buen puñado de personas patológicamente dependientes del consumo y el espectáculo. De nosotros se espera obediencia y capacidad de adaptación a los entornos cambiantes de la posverdad y la liquidez como dogma. Por contra, aquello que es de todas, aquello que será verdaderamente público, tiene que construirse colectivamente, rehuir las jerarquías y reforzar nuestra autonomía.

Autogestión vs el imperio del crédito. La titularidad pública-estatal de empresas, servicios o bienes es, en realidad, un espejismo. El actual Estado del Bienestar se financia a base de crédito y presenta una peligrosa dependencia de los organismos supraestatales que deciden quién se merece obtener fondos y quienes no. Las universidades han recibido con los brazos abiertos los bancos y las multinacionales que financiarán los futuros programas de investigación. Hablar de privatización de la enseñanza superior quiere decir hablar también de la financiarización del gasto público. En este contexto, quizás pronto también en la sanidad, lo público y lo privado, Estado y capital, se diluyen en un gigantesco cuerpo homogéneo que vela por los intereses del capital mismo, o sea del dinero y la mercancía, que crece de forma autoreferencial.

Aquello que será verdaderamente público, tiene que construirse colectivamente, rehuyendo de las jerarquías y reforzando nuestra autonomía: no siempre es sinónimo de estatal si aceptamos que público también puede significar comunitario o colectivo.

En todo caso, el que algo sea público no siempre es sinónimo de estatal si aceptamos que público también puede significar comunitario o colectivo. Pero se tiene que reconocer que la voz pública acostumbra a cargarse políticamente de ambigüedad y nos ofrece información muy clara y precisa sólo en un aspecto: el de la titularidad. Tanto del servicio como del conjunto de activos humanos y materiales que son necesarios para garantizar el acceso universal y gratuito. Pero que la titularidad de una empresa de gestión integral del ciclo del agua, por ejemplo, sea pública sólo quiere decir que su valor monetario puede ser dividido de forma imaginaria por el número de habitantes del territorio de referencia y obtener, así, una cantidad en dinero que simbolizaría hasta qué punto cada individuo tendría derecho de propiedad sobre la sociedad mencionada. Desgraciadamente esto deja muchas cosas fuera de juego.

En cambio, colectivo y, mucho más allá, socializado y autogestionado son adjetivos que no sólo remiten a un modelo de gestión alternativo (concretamente, fundamentado en la descentralización y la democracia directa), sino a una propuesta revolucionaria en cuanto al tipo de sociedad de la cual queremos formar parte. De lo que se trata aquí, pues, es de si queremos pasar de ser clientes/espectadores a actores protagonistas. Y en este punto, la clásica contraposición público/privado ya no nos sirve en absoluto.

Por otro lado, y en palabras de Carlos Taibo, la iniciativa privada no siempre está asociada con la extracción salvaje de plusvalía; lo que David Harvey popularizó como acumulación por desposesión. El pequeño relato introductorio nos dibujaba unas realidades comunitarias, cooperativas y autogestionarias con las cuales muchas de nosotras estamos familiarizadas.O que, cuando menos, forman parte de nuestro particular proyecto de vida. Aquello que encontramos deseable cuando pensamos en formas verdaderamente alternativas de habitar nuestros pueblos, barrios y ciudades.

Sin embargo a menudo encontramos actitudes confusas por parte de quien se reconoce como parte de los movimientos de lucha y resistencia anticapitalista a la hora de hacer llegar, a la sociedad en general, el mensaje sobre el modelo de sociedad que defienden. Más todavía cuando, reconociéndolas como compañeras, forman o han formado parte activa de estos espacios y movimientos.

El hecho que, a nuestros días, el debate se haya simplificado al máximo entre público y privado es sintomático del estado de salud agónico de las luchas antagonistas y de la incapacidad manifiesta de estas para construir (reconstruir y reformular), no sólo propuestas y modelos de gestión de la miseria existente (con esto ya tienen experiencia), sino, lo que es más importante, generar relatos y prácticas –teoría y praxis, comprometidas con la necesidad de lograr transformaciones estructurales que tengan como objetivo la existencia de comunidades humanas verdaderamente emancipadas. Es decir, formadas por individuos conscientes y con capacidad efectiva de decidir sobre la totalidad de sus vidas. Emancipación y conciencia se unen usando los hilos de la autogestión y el apoyo mutuo, y la aguja de la acción directa.

El hecho que el debate se haya simplificado al máximo entre público y privado es sintomático del estado de salud agónico de luchas antagonistas y de la impotencia de la gestión de la miseria existente.

En un intento de bajar a ras del suelo y tomar el pulso a las posibilidades para hacer frente a los desafíos que nos plantea el escenario regresivo en términos de redistribución de la riqueza de aquello que conocemos como ofensiva neoliberal, hay cosas que no acabo de entender.

En primer lugar, me cuesta de creer como todavía hay quien –desde la izquierda supuestamente transformadora- pueda esperar el regreso del Estado benefactor keynesiano. Las causas de la enésima crisis del capitalismo –y siguiendo una vez más con la crítica del valor- son fundamentalmente endógenas y tienen que ver con la incapacidad de generar valor que no sea ficticio (que no provenga de la creación ilusoria de activos financieros), en un contexto donde el trabajo productivo en occidente es una especie en extinción y los Estados viven en una espiral de crédito a muerte sin fin.

Después, encuentro particularmente enigmáticas las razones por las cuales una parte de la izquierda alternativa ve con buenos ojos la reprivatización, eso sí, cooperativa de ciertos sectores estratégicos de la economía que antes estaban en manos del Estado en forma de monopolio (o casi). Es el caso de las comercializadoras de energía y telecomunicaciones o las finanzas.

Pero, en cambio y en contraste, la misma izquierda inhibe su impulso cooperativista cuando hablamos de educación o sanidad, en donde a menudo se escenifica –las mareas verdes son un buen ejemplo- un cierre casi unánime en cuanto a la defensa de la enseñanza regulada por la administración, es decir, por el Estado. Incluso una parte nada despreciable de quien se reconoce cercana a la cultura política libertaria defiende sin matices la escuela pública.

En este sentido, hay un aspecto que, como mínimo, abre una línea de argumentación relativamente verosímil. Curiosamente, la economía social y solidaria (mayoritariamente también cooperativa) está impactando con relativa fuerza en aquellos ámbitos de la economía que originalmente fueron públicos en su forma más pura (100% propiedad del Estado), pero que, en un momento determinado, fueron completamente privatizados. La administración se lo vendió al mejor postor, las grandes corporaciones se lucraron y su modelo de negocio provoca que haya quien se vea excluida del servicio (cómo es el caso de la pobreza energética o la imposibilidad de acceder a financiación por parte de personas con recursos insuficientes).

Fundamentar una estrategia política en la defensa de lo existente, mejorado o corregido, ante las privatizaciones es certificar la muerte definitiva del derecho social que se quiere defender

Entonces… ¿Qué sucede con esta aparente contradicción? Parece que sea necesaria la privatización absoluta de la educación, o dicho de otro modo, la desaparición de la enseñanza universal y gratuita de los 3 a los 16 años, para que empiecen a generalizarse las experiencias educativas cooperativas y autogestionarias impulsadas por quién defiende un relato emancipatorio propio de la izquierda transformadora o antagonista. Lo mismo con la sanidad.

Pero esto,  que se presenta como una falta de criterio, o directamente un sin sentido, no es nada más que el reconocimiento público de un fracaso. De la absoluta ausencia de una propuesta verdaderamente transformadora y revolucionaria dirigida a todos y cada cual de los espacios de la vida cotidiana.

Es decir, como reconocemos la imposibilidad de renacionalizar (si nuestro modelo sanitario y educativo es el actual, nuestra propuesta para el resto de sectores estratégicos no puede ser otra) gigantes corporativos como las energéticas o las proveedoras de telecomunicaciones; entonces montamos cooperativas que, como mínimo, nos desglosen debidamente la procedencia ética de la energía que consumimos. Tres cuartos del mismo con las finanzas.

Y volviendo al tema de la educación, tengo que reconocer que a menudo se mezclan dos aspectos que, a mi juicio, son diferentes. Una cosa es poner de manifiesto, de forma legítima, lo inaceptable de que los centros educativos que discriminan personas de origen diverso, segregan a las alumnas por género (y por sólo dos, cuando existen múltiples asignaciones) o las adoctrinan religiosamente, reciban fondos públicos, comunitarios o como los queramos denominar. Pero, por otro lado, que el modelo actual de escuela pública (sin recortes) sea la propuesta política de quien pretende transformar la realidad en un sentido emancipatorio es otra muy diferente.

Para quien escribe, la escuela L’Arcàdia, proyecto educativo autogestionario ubicado en Can Batlló (Sants, Barcelona) es una muy legítima iniciativa de escuela privada. En realidad, en todo el territorio, surgen un buen puñado de experiencias de enseñanza comunitaria y autónomo a imagen del que mencionaba. Pero, desgraciadamente, quedan ocultas bajo el verde dominante. ¿Qué hubiera dicho Ferrer i Guardia de todo esto?

Fundamentar una estrategia política en la defensa de lo existente –de la administración burocrática, hipertecnificada y separada de los asuntos comunitarios-, o como mucho, de lo existente mejorado o corregido, ante las más fuertes embestidas privatizadoras, es simplemente certificar la muerte definitiva –y por adelantado- de aquel derecho social que se quiere defender. Es reconocer que, finalmente, acabarán privatizando totalmente la educación y la sanidad.

Dicho de otro modo, es anunciar al mundo entero que se carece de ningún modelo verdaderamente transformador que vea la extensión (sin límites ni exclusiones de ningún tipo) de los derechos sociales como condición sine qua non para lograr la autonomía del individuo en el marco de una comunidad emancipada.

Y, si esto último es lo que realmente queremos, tenemos que reconocer que todavía está muy lejos de lo que estamos acostumbradas a ver, sentir y leer en nuestros días.

ISAAC ARRIAZA

* Este artículo ha sido publicado originalmente
 en catalán en La Directa, el 16 de Febrero de 2017.

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