Quintanilla en las aulas ( por J.L. García Rúa)

A partir, sobre todo, de la Ilustración, en muchas familias y en la adopción de los nombres propios de sus miembros nacientes, se fue afianzando la costumbre de evitar los nombres de ­origen eclesial o de alguna relación con él, a favor de otros que significaban alguna relación con la naturaleza o con alguna clase de contacto con ideas políticas de liberación social. En la medida en que se acen­tuaba la radicalidad de la tendencia liberalizadora de los grupos sociales conscientes, tal costumbre se fue ampliando y afianzando más y más. Esto es lo que ocurrió en el caso de muchos grupos familiares dentro del campo del anarquismo.

Por su pertenencia a este grupo ideológico, sumado ello a una exquisita sensibilidad suya por todo lo vivo y humano, don Eleuterio ingresó en esa práctica haciendo que los nombres de sus hijos respondieran en sonido e imagen al conjunto ideal que movía y daba razón de ser a su vida. Respecto al nombre de su mujer, no me aventuraría a dar ninguno con seguridad. Yo la llamo, en mis recuerdos, Asunción, pero no pondría en ello ninguna clase de certeza. Esa seguridad, sin embargo, sí la tengo en lo que se refiere a sus hijos, con los que, en mayor o menor grado, conviví. Ninfa era la hija mayor y ejercía de profesora en el primero de los grados de los tres que constituían la Escuela Neutra Graduada que su padre dirigía. Con Violeta, tuve menos trato. En cambio, con Azucena, que vivió hasta los 1O1 años y permaneció en Gijón, tuve un trato mucho más frecuente. Muy vivaracha ella, asistió en persona y en pleno franquismo al primer homenaje que le hicimos a su padre en El Cañaveral, y, ya de muy mayor, casi a diario, se sentaba largo tiempo, siempre en el mismo banco de la Plazuela de San Miguel, a conversar vivamente con jubilados y viandantes del sexo que fueren. Fue el gran José Campos, mi querido compañero y amigo, hombre de los más íntegros, inteligentes y desprendidos de si mismo que yo haya podido conocer, quien me la hizo reconocer. Este antiguo ingeniero naval, jubilado del astillero y de la lucha social fue, también él, sedente de aquel magnífico grupo plazoleño y vivificó por algún tiempo, con su profunda sencillez y vivo interés por los demás, la querida familia jubilada de la Plazuela. Él fue quien me alertó de las horas de presencia de Azucena en el banco y de lo mucho que le gustaría hablar conmigo. Así que, en mis vacaciones de verano, forastero en Gijón, pasé mucho tiempo conversando con Azucena de todo lo habido y por haber, pero más que nada, de todo lo circundante. Pude, así, percatarme de la rapidez de su inteligencia, de su profunda honradez y de lo mucho que siempre había amado a su padre.

 

Con Dalia, que era la hija más joven, conviví algunos años en las aulas. Sobre Paz, no sé qué lugar ocupaba en el ranking familiar. Ella fue, quizá, con la que más traté porque no se había movido de Gijón nunca. Su marido, Agustín Sánchez, tenía una academia en-la calle Casimiro Velasco, y ambos, él y su mujer, intervinieron también en la preparación del primer homenaje en El Cañaveral. El último de los hijos es Terín. Como los alumnos llamábamos a su padre Terio, era natural que a él le llamáramos Terín. Fue, de niño, muy amigo mío, y él fue quien me invitaba algunas veces a oír Radio Toulouse en su casa. Por él conocí, por primera vez, la radio.

 

A esta voluntad de Quintanilla de rodearse de nombres que sonaran a río recién brotado, a suave brisa marina, a clara luz solar, unió la casualidad su propio nombre de Eleuterio. Es posible y hasta muy fácilmente admisible que Quintanilla ignorara o no pusiera el más mínimo empeño en saber que su nombre de pila provenía, directamente, del eleutheros del griego antiguo, en su significación de «hombre libre, persona libre» y que, a su vez, esta concreta forma griega remontara, etimológicamente, a la raíz indoeuropea leuth, en su pregnante significado de «tronco étnico, grupo social, pueblo». La casualidad cayó donde cayó y donde no pude haber caído, pero a mí, me divierte imaginar al Eleuterio de Quintanilla tocado por alguna suerte de hado benévolo, amigo de lo suave, lo dulce y lo luminoso.

 

La Escuela Neutra Graduada de Gijón, en la calle de La Playa, fue la única escuela a la que yo asistí, exceptuado el año que pasé en el Orfanato Miliciano Alfredo Coto, en la calle Caridad, colegio y convento requisado a las monjas vicente-paulinas, y los dos cursos escasos en el Instituto de Olot (Girona). No recuerdo la edad que tenía, pero debió de haber sido muy pronto, pues fue a donde nuestro padre nos llevó, a mi hermano y a mí, después de sacarnos de un grupo de «cagantes y mexantes» que dos escuálidas solteronas del barrio tenían montado a dos pasos de nuestro domicilio. La razón de habernos sacado, inmediatamente, fue un sonoro bofetón que me dio una de ellas porque, empujado por el grupo y andando para atrás, había pisado y roto una pizarra de niño tirada en el suelo.

De los tres grados con que contaba la Escuela Neutra, por los tres pasé. Debo advertir que, hasta el cambio que se produce en mí tras la muerte de mi padre, los estudios no me interesaron nada. Quizá sea ello la explicación de que, al día de hoy, todavía no sepa cómo aprendí a leer y a escribir, ni cómo pudieron entrar y quedar en mi mente los cuatro datos escolares de que yo podía disponer. Lo único que me interesaba era jugar a la pelota, saltar y tirarle la gorra a los guardias, ir «a manzanes», subir a los árboles más altos a coger morera para los gusanos de seda, jugar en bandas a pedradas, pegarme con los demás y meterme en líos. En fin, cualquier cosa, menos pensar que la escuela podía servir para algo. No conocía las caricias, pero apreciaba una voz dulce y un párrafo bien entonado. Me sentía movido a la acción de ayuda en los casos difíciles y extremos. Odiaba a los fuertes, a los poderosos, y, sin embargo, siempre anduve con gente mayor que yo. Distinguía, en fin, lo justo de lo injusto.

 

Ninfa fue, pues, la buena profesora que hizo que yo aprendiera sin darme cuenta, pero mucho más no recuerdo de su aula. En el segundo grado, conocí dos profesores, don Senén, de quien nunca supe los apellidos, y don Avelino González Mallada. Del primero tampoco recuerdo nada como enseñante, pero, a posteriori, tuve y tengo de él un recuerdo muy vivo y doloroso, cuando tras el triunfo franquista en la guerra civil y tras haber vuelto yo del campo de concentración en Francia, cumplidos ya mis dieciséis años y camino del trabajo, a medio día, vi a don Senén con la espalda pegada a una pared de la calle Menéndez Valdés, los ojos cerrados, y con el brazo y la mano extendida pidiendo limosna.

 

De don Avelino, tampoco recuerdo nada suyo como enseñante, pero tengo de él más noticia como persona. Recuerdo que, una vez, me dio un pañuelo que mi padre le había dado en un momento de acción y necesidad. Por mi padre supe también que Avelino era un hombre importante en el movimiento obrero. Más tarde, lanzada ya la guerra civil, supe de él como alcalde de Gijón y de sus grandes iniciativas y proyectos. Por los libros, supe luego muchas más cosas de él, de su práctica y hacer en las organizaciones CNT y FAI y de sus acertados actos en Europa y en América, donde murió. En mi recuerdo, tiene un sitio eminentemente positivo.

 

No se puede pasar por alto que la institución de la Escuela Neutra respondió, en Gijón, a una iniciativa masónica. La masonería había tenido cabida en algunos centros y personas importantes del anarquismo español, donde siempre se la interpretó y se le dio práctica como libre pensamiento. La ideología anarquista, según se manifiesta y se desarrolla a partir de los fines del siglo XVIII y con la importante carga del materialismo que caracteriza al pensamiento ilustrado, sufre, por obra de estas infiltraciones del pensamiento libre del que se hacía valedor el movimiento masónico, algunas transformaciones en centros e individuos concretos que no dejan de moverse con bastante soltura dentro del movimiento, en aras de la libertad de conciencia, siempre respetable y defendida por el anarquismo, en los niveles, sobre todo del campo individual. Ello hizo que, en la música más que en la letra y en esos determinados centros e individuos concretos, determinados aspectos del campo de lo espiritual y metafísico se escucharan con familiaridad y simpatía. El respeto a la verdad obliga también a reconocer que fue siempre desde ese campo desde donde se defendió con denuedo, como absolutamente fundamental para el anarquismo, el mantenimiento del compromiso moral y ético. En este terreno, preferentemente, es donde Eleuterio Quintanilla tenía y tiene un lugar cimero.

 

El edificio de la Escuela Neutra era de un piso. En el primero, estaban las aulas (tres grados), los lavabos y un cuarto grande que nosotros, los pequeños, llamábamos «cuarto de banderas», y donde nos gustaba jugar, cada vez que nos evadíamos de las clases. El procedimiento frecuente era la excusa para ir al lavabo. Con este fin, nos levantábamos y dirigiéndonos al profesor, decíamos: «Terio (o maestro), pis» Y bajábamos alguna de las manos a la bragueta del pantalón corto, si la tenía, a la vez que se ponía cara de estar en apreturas. En el bajo del edificio estaba (me enteré más tarde) el lugar de reuniones de la logia, que nunca estuvo abierto en horas de clase.

 

Llevando, retrospectivamente, atrás el pensamiento hacia lo que significó para Gijón la Escuela Neutra, se echa de ver que, en mi opinión, uno de sus defectos pedagógicos fundamentales, insuperable por otro lado, dadas las circunstancias en que apareció y se mantenía, era el hecho de que, siendo tal propia escuela consecuencia de la voluntad de buscar solución a la necesidad de encontrar para la niñez y juventud adolescente el modo de evitar y superar los centros escolares públicos, penetrados, de origen y estructura, por los planteamientos y por la ideología dominante del Estado, así como, igualmente, los centros ex profeso creados para inculcar en las mentes en formación el espíritu eclesial, las familias enviaban hacia la Escuela Neutra alumnos donde la edad, el grado de preparación o desarrollo mental no eran, necesariamente, coincidentes, lo que dificultaba o impedía la conveniente cohesión mínima en el alumnado de cada clase. Aunque tal cosa no se daba en grado notable o no era de mayor importancia en el primero o segundo grado, sí lo era, o lo podía ser, en el tercero, a cargo del propio Quintanilla. Allí, nos juntábamos alumnos de ambos sexos (logro sobresaliente de la Escuela), en crecido número (aula grande llena), desde los once años hasta los quince o dieciséis, lo que obligaba a que la enseñanza no pudiera ser, de ninguna manera, conjunta e igual para todos.

 

La tarima del maestro, situada al fondo a la derecha según se entraba, era, por necesidad, más elevada para poder dominar visualmente el conjunto desde ella. El aula era grande, holgada, bien iluminada y aireada, pues daba a la calle, a través de grandes ventanales que recorrían toda la pared frontera a la entrada en clase. Los pupitres eran de dos, lo que era muy apropiado para el mismo discurrir del aula, pues, mientras Eleuterio iba ocupándose de los grandes, en grandes pizarras que ocupaban toda la pared frente a los ventanales, los más pequeños y medianos debíamos permanecer sentados, deseablemente ocupados de la enciclopedia en el estudio de la lección que se nos iba a «tomar» más tarde. Ese era el deseo. La frecuente realidad era que pintábamos, a derecha e izquierda, en la plancha superior del pupitre, unas porterías, y, con una chapa de refresco aplastada por el tranvía, jugábamos a meternos goles lanzándola con el dedo corazón disparado con la fuerza adecuada, después de haber estado sujeto por el pulgar. Dije que, en mi parecer, tales pupitres de dos eran apropiados al conjunto, porque, al menos en mi caso, contribuían a favorecer la amistad y la camaradería. Ellos hicieron que se despertase en mí gran simpatía y acercamiento a Manolín Trabanco y a Ramonín Prendes.

 

Lo bueno de todo era que el conjunto se desenvolvía en un diáfano ambiente de libertad y trato igualitario, tanto en alumnos como en alumnas, sin ninguna clase de referencia preferencial apriorística para nadie, hechos que, visiblemente, derivaban del comportamiento o natural modo de ser del propio Eleuterio, y si las diferencias podían ser también visibles en cuanto al contenido de la enseñanza y el aprendizaje de las materias convenientes al saber de las cosas, consecuencia de la falta conjunta de cohesión aludida y justificada más arriba, tales diferencias desaparecían por completo cuando se trataba de llegar al ser real de cada uno, es decir, cuando Eleuterio se dirigía no a unos o a otros en concreto, sino a todos los alumnos en su conjunto. Entonces, era la figura del maestro la que no se desprendía de los ojos de todos. Se hacía un silencio total en el aula y era como si flotara en el aire la sola existencia de un hombre vestido con su guardapolvo color castaño, moviendo muy despacio un brazo que insinuaba seguir el ritmo de su palabra articulada en una voz, a las veces, dulce y siempre noble. Era así como Eleuterio nos contaba fábulas, nos leía poemas o nos hablaba de una suerte de poesía que hasta los más pequeños podían sentir. Así era como nos llevaba desde los Apeninos a los Andes, en las historias que Edmundo de Amicis había escrito en El Corazón, sorprendiéndonos siempre con la sencillez y la protectora nobleza de Garrón. O cuando nos leía, con aquella indecible voz suya, algunos capítulos de El Quijote y nos explicaba las aventuras del caballero manchego, aquellas imposibles aventuras, donde, junto a la inexpresable nobleza de corazones a conciencia olvidados del triste papel que sus destinos les marcan, acompañada de una imagen de pueblo desencantado que, en secreto, admira y ama lo imposible, surge, despótica, la ruindad de esa vil realidad a la que todos estamos atados. Ese era el momento en el que Quintanilla formaba personalidades, individuos, que, a la vez que individuos, eran gente común inmersa en el seno del pueblo. Esa era su forma de intentar limpiar mentes y corazones, de prevenir, al menos, contra las asechanzas del egoísmo. Por eso, así creo yo, más que en el campo intelectual, la pedagogía de aquel gran maestro destacó y tuvo su fuerza en la formación de espíritus nobles, de conciencias justas y activas. Ahí radicó su gran idealismo, aunado con la fe de que de él no podría dejar de derivarse un mundo más justo.

 

Muy pocas veces he visto a Quintanilla de paisano, fuera de las aulas, sin su acostumbrado guardapolvo color beige. Alguna de esas veces era cuando, pasadas ya las nueve, iba a buscarnos a la playa, y, desde el muro, agitando los brazos cortaba nuestro partido de fútbol y nos recordaba a jugadores y espectadores la obligación de ir a la escuela; también, una vez, le vi de corbata, volviendo de Oviedo adonde los sindicalistas del SOMA le habían llevado con la intención de hacerle director del Orfanato Minero; en otras ocasiones, lo vi con su ropa de hogar en su propia casa, a donde me llevaba su hijo, Terín, a oír Radio Toulouse en francés; también en otra ocasión, ya en la guerra civil, nos encontramos cuando vino a visitarnos a mi hermano y a mí al Orfanato Miliciano Alfredo Coto; y también en aquel otro momento, en el que recibí de él una de la mejores lecciones que me hayan dado en mi vida:

 

Estando ya en el Orfanato Miliciano, había cogido yo cierta afición al estudio y me había preparado para el ingreso en bachiller y hacer su primer curso acelerado. Quintanilla, por su sola cuenta según creo, había aprendido muy bien el francés, del que me parece que daba algunas horas de clase en el viejo Ateneo Obrero, y fue también él, en la guerra, profesor de francés del improvisado Instituto de Segunda Enseñanza, que, en aquella época, dio sus clases en lo que más tarde fue Escuela de Industrias y Colegio de Primera Enseñanza, a espaldas de la travesía Pedro Menéndez de Avilés. Corría ya el mes de septiembre de 1937 y Quintanilla nos estaba haciendo el examen de fin de curso.

 

Estando en ello, sonó alto la sirena local, dando aviso de que la aviación enemiga se acercaba y que un bombardeo era inminente. Era la señal para guarecerse o acudir a los refugios. Eleuterio detuvo el examen y se dirigió, con voz neutra, a los presentes: «Pronto sonarán las bombas. Los que quieran, abandonen la clase y vayan corriendo sin pararse al refugio que está a dos pasos de aquí, en Fernández Vallín. Los demás, que permanezcan en clase, continuaremos con el examen». Nos quedamos seis o siete y Quintanilla, en efecto, continuó: «A ver, señor García, pretérito imperfecto del verbo étre … futuro simple del verbo avoir …». Las bombas sonaban cada vez más cerca y Eleuterio seguía preguntando: «A ver, señor González, ¿cuáles son los elementos de la negación en francés?, y dígame alguna frase negativa como ejemplo». Las bombas sonaban como a dos pasos, los cristales temblaban amenazadoramente y daban la impresión de ir a romperse de un momento a otro, pero la voz de Eleuterio seguía en el mismo tono, sin alterarse para nada. Al fin, los estallidos se fueron acortando más y más, hasta perderse en el silencio. El examen continuó igual que había empezado: los mismos tonos de voz, la misma confianza y conciencia de saberse entre compañeros y de sentirse seguros, con la también sensación interna de que se había pasado una prueba muy importante para la vida, una prueba para la que el francés había sido una simple excusa. Los alumnos que se habían marchado volvieron, hasta dar el examen por terminado. Quintanilla recogió sus papeles y sus notas, nos saludó y se fue. Los alumnos salimos también contentos de todo. Mucho medité luego sobre aquella circunstancia, y de mucho me sirvió en momentos muy, muy difíciles que tuve que vivir.

Bibliografía:

Aula Popular García Rúa; (Castiello, Chema; García Rúa, José Luís; Díaz, Yolanda;). (2016). Memoria de Eleuterio Quintanilla. Meres: Aula Popular García Rúa.

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